Día 813: ¿Quiénes serán los buenos?

En la Segunda Guerra Mundial, las sociedades occidentales podían claramente sentirse identificadas con los aliados frente al horror de un triunfo del fascismo. Luego, en la Guerra Fría, había un sector que podía identificarse con el comunismo y otro, probablemente mayoritario, con la democracia liberal capitalista representada por Estados Unidos. Actualmente, en el tablero geopolítico que se recrudece por el conflicto de Estados Unidos contra Irán, ¿quiénes serían los buenos?

Es decir, ¿qué bando representa las aspiraciones de la mayoría de las sociedades occidentales? Por un lado, tenemos a Donald Trump, que no representa totalmente la democracia liberal occidental porque, con las horrendas postales del ICE deteniendo arbitrariamente a inmigrantes o la Toma del Capitolio por parte de sus seguidores, no parece tener mucho respeto por las instituciones republicanas.

Más bien, Trump cree que la democracia es una pesada mochila que le dificulta su disputa con China y que le gustaría quitarse. El gigante asiático tampoco representa un tipo de sociedad en la que a muchos de los que nos están leyendo les gustaría vivir. ¿Estarían de acuerdo en relegar el derecho a votar o expresarse libremente para tener un capitalismo de Estado eficiente y productivo con partido único?

La Rusia de Vladimir Putin, con sus asesinatos y encarcelamiento de opositores, nos despierta un sentimiento aún peor. Y, en general, estamos aún más lejos de sociedades teocráticas como Irán, en las que se retrocedería totalmente en todos los derechos civiles y pasaríamos a ser gobernados por interpretaciones de textos escritos hace más de 1300 años. Europa quizás sea el último bastión de la cultura occidental y democrática, pero, asediada por la extrema derecha, mantiene una neutralidad que finalmente la deja afuera de la puja geopolítica.

Con todo esto queremos decir que hay un vacío de representación en los bandos de la geopolítica internacional para quienes creemos que la democracia es el mejor sistema posible, que debe haber división de poderes y que hay que garantizar los derechos humanos para todos los habitantes. Probablemente, algo que piense la mayoría de la población occidental.

El filósofo alemán Immanuel Kant construyó una formulación poderosa para pensar en un mundo deseable. En su proyecto de paz perpetua imaginaba una federación de repúblicas guiadas por principios universales de derecho. La globalización liberal que se fue construyendo posteriormente a la Segunda Guerra Mundial pareció encarnar esa promesa en versión secular: el comercio como pacificador, los derechos humanos como lenguaje moral común, las instituciones multilaterales como árbitros racionales. La humanidad, bajo esta mirada, sería antes una comunidad moral que una suma de Estados.

Con esto no queremos decir que el mundo de los noventa fuera un ejemplo de lo moralmente deseable. Sin embargo, sí había acuerdo general en Occidente sobre cómo las cosas deberían ser: democracia republicana, respeto por la libertad de prensa y expresión, eliminación de la pobreza extrema y respeto por los derechos humanos.

Suborganismos dependientes de Naciones Unidas, como Unicef, Unesco y la Organización Mundial de la Salud, fueron una suerte de guía moral de lo que el mundo hacía mal y de cómo debía resolverlo. Se hablaba de los problemas de maltrato o desnutrición infantil, de la importancia de la alfabetización y el acceso a la cultura, o de la higiene como necesidad sanitaria. Indudablemente, luego de la Segunda Guerra Mundial, la humanidad vivió mejor que nunca en su historia y, al menos, Occidente construyó una idea más o menos clara de cuáles serían sus utopías.

Entre 1945 y 1970, el Estado de Bienestar vivió su etapa de expansión global. La devastación de la Segunda Guerra Mundial abrió paso a un nuevo consenso político y económico en gran parte de Occidente: crecimiento con inclusión social. En Europa occidental y América del Norte, los gobiernos impulsaron sistemas amplios de seguridad social, salud pública universal, educación masiva y seguros de desempleo, financiados por economías en fuerte crecimiento y políticas inspiradas en el keynesianismo.

El pleno empleo, la industrialización sostenida y el aumento del salario real permitieron consolidar una ciudadanía social basada en derechos. El Estado no solo garantizaba libertades políticas, sino también protección frente a los riesgos del mercado. En América Latina, aunque de forma más desigual, se desarrollaron sistemas previsionales y políticas de bienestar vinculadas a procesos de industrialización y modelos desarrollistas. Fue una etapa en la que la intervención estatal y la expansión de derechos sociales parecían no solo compatibles con el crecimiento, sino su condición de posibilidad.

Sin embargo, aquel mundo de Posguerra tenía una contradicción. Un tercio del planeta estaba gobernado por lo que se llamó el socialismo real. Es decir, partidos comunistas que, si bien se apoyaban en la teoría del marxismo, estaban lejos de haber construido aquellas sociedades sin clases que imaginó Karl Marx. La Unión Soviética, China, Cuba y los países de Europa del Este construyeron sociedades con economías planificadas por el Estado, en las que la vida diaria también era regulada por los diferentes gobiernos.

Hay quienes sostienen que, una vez que el bloque socialista se derrumbó luego de la caída de la Unión Soviética y del Muro de Berlín, el capitalismo se dedicó a desmontar aquel Estado de Bienestar que había edificado para detener el avance del comunismo. El resultado fue el auge de un capitalismo neoliberal hegemónico en todo el mundo occidental, algo que hubiese celebrado Kant, pero acompañado por sociedades cada vez más desiguales que terminaron fragmentando aquella idea de una humanidad que avanzaba hacia un mundo mejor.

En «The Clash of Civilizations», Samuel P. Huntington planteó una tesis incómoda para el optimismo liberal de los años noventa: el mundo no avanzaría hacia una cultura política homogénea, sino hacia la reafirmación de grandes bloques civilizatorios con valores propios. Tras la Guerra Fría, el conflicto no desaparecería, cambiaría de eje. Ya no sería ideológico, sino cultural.

La fragmentación actual parece acercarse más a esa hipótesis que a la promesa de convergencia global. Lejos de disolver identidades, la globalización las expone, las intensifica y las vuelve más conscientes de sí mismas. Al conectar sociedades distintas bajo una misma red económica y tecnológica, también amplifica fricciones históricas, religiosas y culturales. Así, el mundo no se unifica, se interconecta en la diferencia, y esa proximidad hace que los contrastes no se diluyan, sino que se vuelvan más visibles y, a menudo, más conflictivos.

La crisis financiera de 2008 marcó algo más que un colapso bancario: fue la ruptura del consenso que había sostenido la globalización durante las décadas previas. Tensiones que ya existían (desigualdad creciente, precarización laboral, desindustrialización en regiones desarrolladas) se volvieron visibles y políticamente explosivas. Los trabajos de Thomas Piketty aportaron evidencia empírica a una intuición extendida: el crecimiento global no se distribuía de manera equitativa. A la vez, la polarización política se profundizó y los nacionalismos recuperaron centralidad.

Eventos simbólicos condensaron ese giro: el referéndum del Brexit, la elección de Trump, el ascenso de fuerzas soberanistas en Europa y América Latina, y la consolidación del modelo estatal-capitalista de China como alternativa sistémica. Desde entonces, la globalización dejó de percibirse como un proceso técnico o neutral, pasó a ser una arena de disputa ideológica.

La fragmentación adopta múltiples dimensiones. En el plano geopolítico, la guerra comercial entre Estados Unidos y China, la reconfiguración de cadenas de valor bajo la lógica del “friend-shoring” y conflictos como la guerra en Ucrania consolidan bloques y alianzas. En el terreno tecnológico, emergen ecosistemas digitales separados, disputas por la regulación de plataformas y competencia estratégica en semiconductores e inteligencia artificial.

En el plano cultural, crece el rechazo al cosmopolitismo en sectores que reivindican identidad nacional y endurecen posiciones frente a la migración. Y en el plano normativo, divergen modelos sobre libertad de expresión, privacidad y rol del Estado, profundizando la brecha entre democracias liberales y regímenes autoritarios híbridos.

En este contexto, tres grandes modelos compiten por definir el orden global. El liberal, multilateral apuesta a la integración bajo reglas comunes. El nacional, soberanista prioriza fronteras, identidad y autonomía económica. El estatal, desarrollista autoritario propone capitalismo bajo dirección política fuerte. La disputa ya no es si habrá globalización, sino qué forma adoptará y bajo qué principios.

La retirada del Estado como regulador de la economía y, por lo tanto, de la organización de la vida y la edificación de la identidad colectiva de la sociedad, generó una suerte de avance del mercado que, lejos de construir una sociedad basada en la meritocracia justa y la igualdad de oportunidades, impuso un mundo fragmentado compuesto por consumidores que viven, como diría Zygmunt Bauman, de manera líquida, con identidades frágiles y fluidas.

Un mundo insatisfecho y en crisis volvió a generar un corrimiento a la extrema derecha, como en la primera mitad del siglo XX. Los nacionalismos como el de Trump o la exaltación del individualismo frente a cualquier tipo de resabio de Estado de Bienestar, como Javier Milei, son representaciones de un sector de la sociedad que busca respuestas y no las encuentra entre los valores culturales y políticos que construyeron el mundo de posguerra. También es expresión de esto los jóvenes europeos o norteamericanos captados por el terrorismo yihadista que se terminan uniendo al ISIS.

Más que una disputa comercial o estratégica, lo que hoy se fractura es una hipótesis histórica: la idea de humanidad como sujeto político único. Durante décadas se asumió que la interdependencia económica conduciría, tarde o temprano, a una convergencia normativa. Pero la globalización no produjo una conciencia moral común; produjo, más bien, una intensificación de las diferencias. La pregunta filosófica profunda ya no es cómo regular el comercio mundial, sino si puede existir una ética universal sin un Estado mundial que la garantice.

El universalismo moderno sostuvo que ciertos principios (derechos humanos, dignidad, libertad) valen para todos por el solo hecho de ser humanos. Sin embargo, en ausencia de una autoridad política global, esos principios dependen de Estados soberanos que los interpretan y aplican de manera desigual. La alternativa inquietante es que la pluralidad cultural no sea un obstáculo transitorio, sino una condición permanente. Si no existe un “pueblo mundial”, ¿puede haber una voluntad política verdaderamente universal? ¿O toda ética global será siempre frágil, negociada, contingente?

Ante este escenario, se abren al menos tres futuros filosóficos posibles. El primero es un cosmopolitismo reformado: aceptar que no habrá homogeneidad cultural, pero sostener reglas mínimas compartidas (no matar, no esclavizar, no exterminar) que funcionen como piso común. No sería la utopía de una humanidad unificada, sino un acuerdo pragmático sobre límites básicos.

El segundo escenario es un pluralismo civilizatorio estable. Aquí el mundo se organiza en bloques culturales y políticos que coexisten sin pretensión de universalidad. No buscan convertir al otro, sino administrar la diferencia. La paz no surgiría de la unidad, sino del equilibrio.

El tercero es el repliegue soberanista radical: la primacía absoluta de la identidad nacional y la desconfianza hacia cualquier norma supranacional. En este caso, la fragmentación no sería un problema a resolver, sino un principio a afirmar. Lo que está en juego, en definitiva, no es solo el orden internacional, sino la pregunta por la posibilidad misma de una humanidad políticamente común.

En el plano militar, esta ruptura con el viejo orden de posguerra implica el abandono de la concepción del derecho internacional por la ley del más fuerte. Tras el fin de la Segunda Guerra, los organismos internacionales buscaron evitar los conflictos, a veces con mayor éxito y a veces con menor éxito. Sin embargo, la misión era construir un mundo en el que el derecho mundial tuviese instancias de mediación y, efectivamente, la segunda mitad del siglo XX fue más pacífica que la primera. Esto es efectivamente lo que viene a destruir Trump cada vez que lanza misiles y declaraciones en las que hace ostentación de su fuerza y prepotencia.

¿Qué implicancias tiene este cambio a nivel militar en la vida social? ¿También pasaremos a vivir en sociedades regidas de alguna manera por la ley del más fuerte, en las que se borre todo vestigio de igualdad jurídica ante la ley y sobrevivan los beneficios al más poderoso? Preguntas que aún no tienen respuesta.

Actualmente, mientras Trump festeja la destrucción de bases nucleares y militares en Irán, el régimen de los Ayatollah continúa su bombardeo sobre todos los países de la región. Volviendo a nuestra tesis, para las personas sensatas que están de acuerdo con la democracia, la solidaridad y los derechos humanos, sería difícil festejar un fortalecimiento de Trump, pero también sería tenebroso un avance de un régimen como el de Irán.

El mundo que conocimos todas las generaciones que actualmente vivimos en este planeta está dejando de existir. No sabemos a qué tipo de sociedades vamos, pero los primeros indicios no son muy alentadores. El periodismo es una institución central en estos momentos de crisis, porque la difusión de información de calidad y de análisis serios y equilibrados sobre la realidad permite a los ciudadanos poder decidir los cursos de sus destinos colectivos e individuales con un mayor entendimiento de los acontecimientos complejos que vivimos actualmente.

La célebre canción “Imagine” fue lanzada en 1971 dentro del álbum homónimo, en pleno contexto de Guerra Fría, guerra de Vietnam y auge de los movimientos pacifistas. John Lennon venía de realizar, junto a Yoko Ono, acciones públicas contra la guerra, como los famosos “Bed-Ins for Peace”, y buscaba una forma más simple y universal de transmitir su mensaje.

La letra propone imaginar un mundo sin fronteras, sin religiones que dividan, sin posesiones que generen desigualdad. No es un programa político detallado, sino una invitación poética a pensar una humanidad unificada más allá de las identidades excluyentes. El piano minimalista, casi infantil en su sencillez, fue deliberado: Lennon quería que sonara directa, accesible, casi como un himno civil.

Con el tiempo, “Imagine” se convirtió en una de las canciones más emblemáticas del siglo XX, usada en actos por la paz, homenajes y momentos de duelo global. Tras el asesinato de Lennon en 1980, adquirió un tono aún más simbólico: la voz de un artista que soñó con un mundo sin violencia y terminó siendo víctima de ella. Hoy, lamentablemente, parece que el sueño que existió para aquella generación de pacifistas está un poco más lejos. Esperemos que sea momentáneo.

Fuente: Jorge Fontevecchia para Perfil

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