¿Conocías tú este relato de fe y solidaridad de la diáspora dominicana?

Durante muchos años recorrí, como buhonero de la poesía, las calles de Nueva York, Puerto Rico y New Jersey, vendiendo mis libros por las calles y en los lugares y espacios de mayor concentración de nuestros hermanos dominicanos, especialmente donde se ubican los establecimientos comerciales de aquellos compatriotas con quienes compartimos el terruño, sueños y esperanza.

Vender mil libros en dos o tres semanas visitando negocios y ofreciendo literatura, un producto no de primera necesidad, es una hazaña que raya en la fantasía, sin embargo, lograba colocarlos, no solo quizás por ser, como lo expresan relacionados, un buen vendedor, sino por el amor y la solidaridad de los dominicanos de nuestra diáspora, al ver a un profesor universitario, de la UASD, promoviendo su propia creación artística como promotor de la cultura.

Ningún ciudadano del mundo es tan solidario como los dominicanos y, más aún, si está bajo la nostalgia del retorno soñado en la intimidad de la conciencia, como lo recojo en mi poemario 20 poemas bajo el cielo gris de Nueva York.

El dominicano ha dado muestras de que cuando se trata de servirle a su país y a sus hermanos asume firmemente su compromiso con la solidaridad, tanto en el propio país como en ultramar.

En esa experiencia narrada he comprendido que el dominicano tiene una inevitable vocación de servir a los suyos en situaciones en que sus compatriotas necesitan de su apoyo solidario, y esto podemos verlo en las situaciones de tragedia local o nacional, así como en los casos que ocurren en los países hermanos donde ellos mismos residen.

La sostenibilidad de las remesas, que alcanzaron el pasado año 2025 un valor superior a los US$ 10,000 millones, es, evidentemente, el reflejo del amor y la solidaridad de la diáspora dominicana.

Sin ese apoyo permanente de los dominicanos que residen en ultramar, económicamente el país tuviera un déficit en su balanza comercial.

Pero más allá de las remesas también están las gestiones de los gobernantes, muchas veces no comprendidas en su justa dimensión, que impactan en el crecimiento económico del país. Obsérvese que nunca utilizamos el término desarrollo, pues este es otra cosa distinta, porque en él entran factores sociológicos y económicos que necesariamente implican justicia social y equidad.

Sin embargo, nunca debemos olvidar la poderosa fuerza que constituye la oración de todo un pueblo elevando una plegaria por su país, o por un ser humano, y su pueblo desde sus sanos corazones.

No hay un solo problema en el mundo que una buena oración no pueda resolver; es por esa razón poderosa que hemos aprendido a orar en familia en los peores desafíos.

Sería eso lo que me salvó la vida en un Subway en la ciudad de Nueva York, a la 1:00 de la mañana cuando logré arrastrar a dos sujetos desde la escalera, y llevarlos hasta la plataforma donde la gente estaría esperando el próximo tren. Mi padre oraba por mí precisamente a esa hora, a miles de kilómetros de distancia, de aquel evento. Amén!

Fuente: Rafael Nino Félix para Acento

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