Pablo González viajó diez veces a China entre 2004 y 2025, diseñando y comprando productos de pesca y camping que se comercializan en Argentina. Conoce, entre otras ciudades, Pekín, Weihai, Shangai, Guangzhou, Rushan y Qingdao. Hoy, además de importar es un notable influencer en la plataforma Naturaltube.
Pablo, ¿por qué viajas a China?
Una de mis frases de cabecera dice: “una cosa es la realidad y otra cosa es la percepción de la realidad”. La percepción de la realidad te hace creer que todo lo que ves en los catálogos está bueno, funciona y sirve. Este es el problema que tiene mucha gente con la compra y la venta. Hay que ser detallista, minucioso.
Con los productos de pesca y, sobre todo, con las cañas, no solo es importante ver el producto terminado, sino también desarrollar algún tipo de producto a medida y a pedido con el proveedor. En algunos casos les mando a los proveedores de cañas las ideas que tengo, los modelos que quiero, qué tipo de producto deseo hacer. Ellos me preparan la muestra y, cuando llego allá, defino el producto final.
Pese a toda la tecnología actual, y bienvenida sea, algunas cosas es necesario verlas, por ejemplo, para sentir el peso, la acción de una caña … esto todavía la inteligencia artificial no consiguió hacerlo.

¿Qué es lo que más te llamó la atención de la vida cotidiana china?
Lo que más me llamó la atención entre mi primer viaje y el que hice este año es todo lo que ha crecido China: casi, casi, es otro país. Algo destacadísimo es que los chinos son muy cordiales para trabajar con los extranjeros y saben hacer muchas cosas. Dentro de lo que nos parece un caos, sobre todo, en temas de tráfico y movimiento de gente, son organizados. El movimiento de masas en horario pico, a la hora de entrada al trabajo o de salida, es impresionante. Sin embargo son bastante organizados y muy respetuosos: hace casi 30 años que trabajó con ellos y nunca tuve ningún problema.
También es muy distinta la comida. La primera y la segunda vez que fui la pasé bastante mal porque, al no conocer sobre el tema, con platos muy condimentadas y con mucho picante, mi aparato digestivo anduvo penando.
Es muy curioso, por ejemplo, ver pescados o mariscos vivos en la entrada a los restaurantes y elegir cuál te vas a comer. Inclusive probé algunas cosas que no son habituales: grillos, escorpiones, gusanos de seda, estrellas de mar, un montón. Viajé a varios lugares del mundo, pero la comida china es bastante impactante.
Alguna anécdota de un argentino en China.
Llegamos a una ciudad, después de viajar 40 horas desde Argentina. Hubo un error entre la chica que estaba coordinando mi viaje y la que nos iba a recibir en China: se equivocaron de aeropuerto y nos enviaron a 300 kilómetros de donde teníamos que trabajar.
Llegamos de noche. No habíamos cenado. Tomamos rápidamente un auto. Eran como las 21. Nos habían dicho que íbamos a comer en la autopista, pero no había nada abierto. Cuando arribamos a la ciudad, a las 23, todos los restaurantes, McDonalds, todo estaba cerrado.
La chica me avisa: “no se preocupen que en el hotel los van a estar esperando y algo de comida va a haber”. Efectivamente nos esperaban, pero nos dieron la habitación y se fueron a dormir. Éramos los únicos huéspedes que faltábamos y habían dado por sentado que ya habíamos comido.
Entonce me “colé” en una cocina, robé dos gaseosas, naturales porque no había nada frío, y la chica que nos fue a buscar nos trajo un pato pekín, que se lo había comprado para su mamá, pero nos vio tan desesperados de hambre, que nos lo regaló: lo terminamos comiendo en la cama con platos de cartón y cortándolo con una cortaplumas.

Una anécdota más.
Habíamos comprado unas cañas en China que, cuando empezamos a venderlas en Argentina, las devolvían porque se rompían. Entonces trabajamos sobre el diseño y mandamos al fabricante las posibles modificaciones.
Hizo los cambios y, al otro año, cuando fuimos a China, tenía las muestras listas. Para que nos quedáramos tranquilos nos dijo que probáramos las cañas en el patio, el estacionamiento. En un momento estábamos lanzando con las cañas, me doy vuelta y un montón de empleados mirándonos por las ventanas. Nos llamó la atención, porque hacía mucho frío para estar ahí.
Le pregunté al dueño de la fábrica qué era lo que miraban. Me respondió: “ellos arman cañas, pero la gran mayoría no sabe para qué se usan; entonces ahora están entendiendo para qué son las cosas que fabrican”.
Entrevista hecha por Néstor Saavedra en exclusiva para Exprimidor Media.