Por Néstor Saavedra*
Jesús había sido asesinado en una cruz. Para los religiosos judíos se había terminado un problema, un dolor de cabeza, un loco que decía ser hijo de Dios y, por ende, Dios mismo. Para los primeros cristianos empezaba un problema: ¿qué iba a pasar con la salvación prometida y creída? ¿qué había sucedido con el hombre en quien confiaban, el que sanaba y sacaba demonios, ahora convertido en un cadáver en vías de putrefacción?
Nadie ignoraba lo que era la muerte. Nadie imaginaba, salvo un pequeño grupo de fe, que se estaba consumando una excepción: Dios, que se había hecho ser humano para salvar a los seres humanos, iba a resucitar y subir a los cielos para terminar su obra de rescate.
Pero, este sábado nada de eso sucedía. Al menos, nada que los humanos supieran. Todo era silencio. Nada dice la Biblia de ese día de reposo, de absoluto descanso. Cada minuto era una profunda prueba de fe para los seguidores de Jesús. Tiempo después, el escritor del libro de los Hebreos precisamente definirá a la fe como «la plena seguridad de recibir lo que se espera; es estar convencidos de la realidad de cosas que no vemos».
A más de 2.000 sábados, el desafío sigue presente: se puede describir perfectamente todo lo sucedido esa «Semana Santa», gracias a los relatos de los Evangelios. Pero es tarea individual, tuya y mía, de cada uno, creer a Jesús y en Jesús, transformar en algo vivo, más allá del conocimiento en sí, la relación con Dios y con Jesús, su hijo.
Esos cristianos habrán pasado un sábado de dudas, de temores, de preguntas. Hoy, con todo definido, tenemos la enorme posibilidad de pasar un sábado de certeza, de seguridad y de respuestas. Pero necesitamos la misma fe, tan chica como una semilla y tan grande que mueve montañas.
- Master en teología por el Seminario Teológico Bautista de Argentina