El Caribe constituye uno de los espacios geopolíticos más singulares del sistema internacional. Su ubicación estratégica entre América del Norte, América del Sur, Europa y el canal interoceánico de Panamá lo convierte en un punto clave para las rutas marítimas globales, el comercio internacional y la seguridad hemisférica. En esta región, los pequeños Estados enfrentan desafíos que combinan vulnerabilidades estructurales con oportunidades geoestratégicas derivadas de su localización.
Históricamente, el Caribe ha sido considerado un espacio de influencia prioritaria para Estados Unidos. Desde la Doctrina Monroe hasta la actualidad, Washington ha mantenido presencia política, económica y militar en la región, buscando garantizar la seguridad de sus fronteras, proteger rutas comerciales y evitar la injerencia de potencias extracontinentales. Este interés estratégico se ha intensificado ante la creciente presencia de China y la influencia política de actores externos.
La creciente participación de China en el Caribe ha modificado el equilibrio regional. Mediante inversiones, préstamos e infraestructura, Beijing ha ampliado su presencia en puertos, telecomunicaciones, energía y turismo. Esta expansión ha generado oportunidades económicas para los pequeños Estados caribeños, pero también tensiones geopolíticas en la relación con Estados Unidos, que observa con preocupación la penetración de un competidor estratégico en su tradicional zona de influencia.
El Caribe también enfrenta amenazas transnacionales que condicionan su estabilidad: narcotráfico, crimen organizado, contrabando, migración irregular y vulnerabilidad climática. La limitada capacidad militar y fiscal de los pequeños Estados dificulta la respuesta frente a estos desafíos, lo que genera dependencia de la cooperación internacional y, en ocasiones, compromete márgenes de autonomía política.
En este contexto, la República Dominicana ocupa una posición particularmente relevante. Su tamaño económico, su población, su ubicación en el centro del Caribe y sus vínculos con América Latina, Estados Unidos y Europa le confieren un papel estratégico dentro de la región. Sin embargo, su frontera con Haití —marcada por crisis humanitarias, inestabilidad política y amenazas de seguridad— constituye el principal desafío geopolítico del país y un punto crítico para su política exterior.
La crisis estructural del “Estado haitiano” impacta de manera directa la seguridad, la economía y la estabilidad social de la República Dominicana. La migración irregular, el tráfico ilícito, la violencia de grupos armados y el colapso institucional haitiano obligan a una política de seguridad fronteriza continua, costosa y compleja. Este escenario convierte a la frontera domínico-haitiana en uno de los espacios geopolíticos más sensibles del Caribe.
Al mismo tiempo, la República Dominicana ha logrado consolidarse como un nodo regional en sectores como turismo, transporte aéreo, comercio, zonas francas y servicios. Su crecimiento económico sostenido le permite proyectarse como actor relevante en el Caribe, con capacidad para participar en procesos de integración, cooperación en seguridad y articulación diplomática regional.
Las vulnerabilidades climáticas constituyen otro elemento central para la geopolítica del Caribe. Huracanes, tormentas tropicales, aumento del nivel del mar y degradación ambiental amenazan infraestructuras, economías y poblaciones. Estas condiciones refuerzan la importancia de alianzas internacionales, financiamiento climático y políticas de resiliencia que garanticen la supervivencia y el desarrollo sostenible de los pequeños Estados insulares.
Para la República Dominicana, comprender la geopolítica del Caribe es esencial para fortalecer su posición internacional. La combinación de vulnerabilidades y ventajas estratégicas exige una política exterior clara, una visión de seguridad multidimensional y una diplomacia activa que le permita proteger sus intereses vitales, gestionar riesgos regionales y consolidarse como actor influyente en un entorno cada vez más competitivo.
Por José Manuel Jerez para El Nuevo Diario