La geografía nunca estuvo tan del lado de República Dominicana. La pregunta es si la institucionalidad estará a la altura.
República Dominicana posee los ingredientes fundamentales: una posición geográfica sin equivalente en el Atlántico occidental, un terminal portuario de clase mundial con casi US$1,000 millones de inversión comprometida, el ecosistema de zonas francas más sofisticado del Caribe insular, conectividad aérea directa con 81 aeropuertos de 26 países, y un crecimiento económico sostenido que genera los recursos para financiar la transición.
Nadie puede negar estos activos. Pero los índices internacionales —DHL GCI, LPI, LSCI— convergen en un diagnóstico que no admite lectura complaciente: la infraestructura física dominicana supera ampliamente el desempeño institucional, digital y regulatorio del país.
El hardware logístico está construido. El software institucional —eficiencia aduanera, trazabilidad digital, infraestructura vial segura, diversificación de mercados, capacidad de gestión coordinada— está incompleto. Y esa brecha es exactamente lo que explica la paradoja: la economía más grande del Caribe ocupa la posición 116 en conectividad global.
Y ahora, sobre ese diagnóstico estructural, se superpone el mayor shock geopolítico del comercio marítimo en décadas. El Estrecho de Ormuz efectivamente cerrado, el Mar Rojo bloqueado, el Baltic Dry Index en niveles que hacen que cada día de ineficiencia cueste el doble que hace dos años, y la reconfiguración de las cadenas de suministro globales hacia el modelo friendshoring que premia exactamente el perfil geopolítico que República Dominicana acaba de confirmar al sumarse al comunicado internacional del 19 de marzo de 2026.
La geografía nunca estuvo tan del lado del país. La ventana de oportunidad nunca fue tan concreta. La urgencia de las reformas institucionales nunca fue tan irrefutable.
Fuente: Eduardo Prats en X