Laura Vicuña es una niña cuando su familia sufre persecución política en Chile y muere su padre. En la pobreza, con su mamá Mercedes y su hermana cruza la cordillera de los Andes y se establece en el territorio nacional argentino de Neuquén.
Su madre busca un trabajo para vivir. Su segundo patrón la maltrata, pero Mercedes lo acepta para que Laura y su hermana Julia ingresen al colegio María Auxiliadora, de la Congregación Salesiana, fundada por Don Bosco, en Junín de los Andes
El patrón va por más y ataca a Laura pretendiendo, como con su madre, tener relaciones sexuales. Ante la negativa, no le paga más el colegio que, enterado del caso, le da una beca para que estudie gratis.
Al ver el dolor de su madre, Laura pide a Dios que la salve a cambio de su propia vida. A los pocos meses enferma de tuberculosis. Su ruego es: «Señor, que yo sufra todo lo que a ti te parezca bien, pero que mi madre se convierta y se salve».
Antes de morir, Laura le pide a su madre: «Muero. Yo misma se lo pedí a Jesús, hace dos años que ofrecí mi vida por ti, para pedir la gracia de tu conversión. Mamá, antes de morir ¿tendré la dicha de verte arrepentida?»
Doña Mercedes, con los ojos en llanto, le responde: «Te juro en este momento que haré cuanto me pides. Estoy arrepentida. ¡Dios es testigo de mi promesa!»
Laura murió un día como hoy, 22 de enero, pero de 1904. Tenía 12 años. El templo salesiano de Junín de los Andes (foto) la recuerda. La Iglesia Católica Apostólica Romana la beatificó en 1988 y la considera como mártir protectora de la familia. Como fuere, oramos por menos Lauras en este mundo de abusos, incestos y feminicidios.